The Artificer by Loopit
Gobierno de la IA

La solución a tu IA ya existía. Solo que nadie la había llevado a los documentos.

Por Santiago Coca · 7 min de lectura · Entrega 02
Cocina con el rótulo Corpus gobernado: estantes de botes etiquetados y el plato que pasa de la cocina al comedor.
Corpus gobernado: lo que se sirve sale de una despensa con nombre.

Imagina que contratas al mejor cocinero del mundo.

Llega el primer día, se pone el delantal y abre la despensa. Botes sin etiqueta. Tres paquetes de harina abiertos, de tres marcas distintas, ninguno con fecha. Una salsa que alguien preparó para una receta que nunca se hizo. Dos versiones del mismo aliño, y nadie sabe cuál es la buena. Y un recetario lleno de tachones, con páginas arrancadas y notas en los márgenes que se contradicen entre sí.

Le pides la cena.

Va a tardar el triple. Va a usar algo caducado sin saberlo. Y cuando el plato salga mal, alguien en el comedor dirá que el cocinero no era tan bueno.

En el capítulo anterior terminé diciendo que a la mayoría de las IAs no les damos una despensa, sino un trastero. Este capítulo va de lo contrario: de cómo es una cocina en orden. Porque la diferencia entre que tu IA acierte o falle casi nunca está en el cocinero. Está en la cocina que le das.

Las cocinas ya sabían hacer esto

Cualquier restaurante que funciona resolvió este problema hace mucho. No con tecnología, sino con tres costumbres que parecen obvias hasta que faltan: nada entra en la despensa sin que alguien lo revise, nada se tira sin dejar rastro, y hay un recetario que todos comparten aunque cada cocina tenga su propia carta.

El mundo del dato llegó a las mismas tres costumbres por su cuenta, hace treinta años, y les puso nombres técnicos. Durante mucho tiempo he escrito sobre ellas bajo otro nombre, documentación viva: reglas que se contrastan cada día con la realidad, en vez de un PDF que envejece en una wiki.

Hasta hace poco, quien consumía esa documentación era una persona. Un analista, un cuadro de mandos, un informe para el regulador. Hoy, cada vez más, es una IA. Y cuando cambia el comensal, la cocina no cambia. Cambia el nombre.

Lo llamamos Corpus Gobernado.

Documentación viva + Consumidor IA = Corpus Gobernado

No es una idea nueva. Es una idea vieja, aplicada donde nadie la había llevado todavía.

Te cuento las tres costumbres, y con cada una lo que hice de verdad cuando reconstruí el sistema del que hablé en el capítulo anterior.

Primer pilar: nada entra sin pasar por la puerta

Zona de inspección: un documento contradictorio se rechaza en la puerta, no en una auditoría a la salida.
Nada entra sin pasar por la puerta. Lo contradictorio se queda fuera.

En una cocina seria, la mercancía no entra directamente a la despensa. Llega el proveedor, y alguien revisa el albarán antes de guardar nada. ¿Es lo que se pidió? ¿Viene en buen estado? ¿Tiene fecha? Si algo no cuadra, no se mezcla con lo demás. Se aparta, se anota y se decide qué hacer con ello. El cocinero nunca coge nada de la caja que todavía no se ha revisado.

Con los documentos que lee una IA casi nunca pasa. Alguien escribe algo, lo guarda en la carpeta, y desde ese momento es verdad para el modelo. Nadie ha comprobado de dónde viene, si sustituye a otra cosa o si contradice lo que ya había.

En el mundo del dato esto tiene nombre: Contratos de Datos Ejecutables. Reglas explícitas que algo tiene que cumplir antes de poder usarse. En Corpus Gobernado es el primer pilar: validación en la puerta, no auditoría a la salida.

Cuando reconstruí el sistema, escribir un documento dejó de ser suficiente para que existiera. Todo lo nuevo llega primero como borrador, a una zona de espera que ningún agente consulta. Un agente lo analiza y propone dónde va y de qué depende. Esa propuesta se convierte en un plan. Y ahí se para todo hasta que una persona dice sí o no.

Si dice que no, el agente no insiste ni busca otra vía: vuelve a analizar desde el principio. Me ha pasado, y es la mejor prueba de que la puerta no está de adorno. El inspector también devuelve cajas.

Segundo pilar: nada se tira sin dejar rastro

Recetario histórico con versiones anteriores tachadas y la vigente marcada, junto a un recibo de lo consumido.
No se pisa. Se añade una versión, y el plato deja recibo.

Si un cliente se pone malo después de cenar, lo primero que pregunta cualquier inspector de sanidad es qué se le sirvió exactamente. Qué receta, en qué versión, con qué lote de cada ingrediente. Un restaurante bien llevado puede contestarlo. Uno que corrige las recetas encima, borrando lo anterior, no.

Por eso en las buenas cocinas las recetas no se reescriben: se versionan. Cuando el chef cambia el aliño, apunta la receta nueva con su fecha y la anterior queda tachada pero legible. Y cada plato que sale puede seguirse hasta los ingredientes que llevaba.

En el mundo del dato esto se llama patrón Insert-Only (solo inserción), y es la base de cualquier almacén que aspire a tener historia. En Corpus Gobernado es el segundo pilar, la memoria. Lo que casi nadie entiende a la primera es que no significa "no cambiar nunca". Significa "no pisar nunca". El chef puede cambiar la receta todas las veces que quiera, siempre que no arranque la página anterior.

Cuando reconstruí el sistema, dejé de editar reglas encima. Cada cambio crea una versión nueva, con su fecha, y la anterior deja de servirse, pero sigue ahí. Hasta los identificadores de los documentos antiguos quedan reservados para que nadie confunda la identidad del concepto con la versión del contenido. Y cada vez que un agente hace un trabajo, deja escrito qué documentos leyó y en qué versión estaban.

Esa es la trazabilidad del plato. Y es la respuesta a la pregunta que dejé abierta en el capítulo anterior: ¿de dónde ha sacado esto la IA? Con memoria, es una consulta. Sin ella, es una investigación.

Tercer pilar: un recetario común, una carta local

Un recetario común marcado como intocable y, a los lados, la carta local de cada sede.
Lo común no se cambia. La carta es de cada local.

Piensa en una cadena con cientos de restaurantes. Hay cosas que ningún local puede cambiar: qué es una margarita, qué lleva, cómo se llama. Si cada restaurante tuviera su propia idea de lo que es una margarita, la marca no significaría nada. Pero cada local decide su carta, sus especiales del día y qué ofrece a su barrio, sin pedir permiso a la central.

Las dos cosas conviven sin pelearse porque viven en planos distintos. El recetario común es pequeño y no negociable. La carta es de cada uno.

En el mundo del dato, Data Mesh lo bautizó como Gobierno Federado. En Corpus Gobernado es el tercer pilar: el gobierno en dos planos.

El plano común es el que más se nota cuando falta. Es el que decide qué conceptos existen y qué significan, y separa la identidad de un concepto (que es estable) del contenido que se dice sobre él (que cambia con el tiempo). Esa separación, que en Data Vault es el corazón del modelo, es la que permite cambiar la forma de preparar algo sin cambiar lo que es.

Cuando reconstruí el sistema, no escribí una sola línea hasta tener ese recetario común: un catálogo corto, con un puñado de conceptos, cada uno con su nombre y una definición de una frase. A partir de ahí, cada documento dice una sola cosa y cuelga de uno de esos conceptos. Si un documento empieza a hablar de dos, se parte. Si algo no encaja en ningún concepto, no se fuerza: se para y se decide si hace falta uno nuevo. Y otras partes del sistema tienen su propia carta, su propio catálogo local, con una única condición: no copiar ni contradecir el común.

Lo que no esperaba

Hay un efecto de todo esto que no busqué, y que ahora me parece de lo más valioso.

En la nevera, un bote que contiene una sola cosa, con su etiqueta y su fecha, se puede revisar: ¿ha caducado o no? Un táper con restos de cinco comidas distintas, no. Siempre está bien a medias.

Con los documentos pasa exactamente lo mismo. Cuando cada uno dice una sola cosa sobre un solo concepto, aparece una pregunta que antes era imposible: ¿sigue siendo verdad? Se puede volver sobre él y comprobar si lo que dice sigue aplicando al concepto del que cuelga, o si el concepto ha cambiado y el documento se ha quedado atrás.

Sin buscarlo, la estructura crea una capa de calidad. No un control que alguien añade encima, sino una comprobación que solo es posible porque cada cosa está en su bote. El documento no caduca en silencio, porque se le puede preguntar.

La prueba

Hay una forma sencilla de saber si tu cocina está en orden. La misma que usaría el inspector de sanidad:

¿Qué sabía tu IA el día X? ¿Puedes demostrarlo con una consulta, o hace falta un proyecto?

Si hace falta un proyecto, lo que tienes son documentos con un índice. No un corpus gobernado.

Lo que viene

Una despensa en orden hace que el mejor cocinero rinda. Pero un restaurante que depende de su mejor cocinero no escala. En cuanto crece, el que acaba de entrar, el de postres y el camarero también tienen que saber qué les toca, qué tienen a mano y a quién pasan el plato. Las cocinas de verdad resolvieron eso hace más de un siglo, y a eso llegaremos.

Antes queda algo más básico. He contado el recetario común como si hacerlo fuera fácil. No lo es. Decidir qué es un ingrediente con identidad propia y qué es solo una forma de prepararlo es, con diferencia, lo más difícil de todo esto. Y de esa decisión depende el resto.

De eso va el próximo capítulo, con un ejemplo concreto.

En tu empresa, ¿cuál de las tres costumbres falta más: el inspector en la puerta, el recetario versionado, o el reparto entre lo que es de todos y lo que es de cada local?